martes, 20 de diciembre de 2016

De Wat a Parandowski


Una mañana de noviembre llamó al timbre de mi casa un señor que me traía un grueso libro de 1070 páginas que mi amigo Borja Lucena Góngora me había comprado desde Soria a través de Amazon: Mi siglo, del intelectual polaco Aleksander Wat. Por supuesto, se lo agradecí inmediatamente, pero el libro se quedó sobre mi mesa de trabajo hasta que le llegara la ocasión de ser legítimamente un libro, es decir, de ser abierto.

La ocasión le ha llegado ahora, cuando finalmente he podido deshacer las maletas y recuperar mis rutinas (cada vez más reconfortantes). Esta noche, a las 5 de la mañana he llegado a la página 441 y aún no sé muy bien por qué lo estoy devorando, dónde se encuentra el atractivo que me empuja a andar sisándole horas al sueño. 

En realidad es un libro imposible: está tramado con cientos y cientos de nombres polacos que no me dicen absolutamente nada y en los que no me puedo detener, porque tardaría años en acabarlo. Se trata de una larguísima entrevista de Czeslaw Milosz a Aleksander Wat y esto le concede, ciertamente, alguna agilidad a la lectura. Pero aunque la inteligencia inquisitiva de Misloz es evidente, no es ella la que me mantiene tan pendiente del texto. Hay páginas y páginas de referencias a personas que me resultan tan remotas que ni siquiera me esfuerzo por recordar sus nombres.  

¿Entonces, ¿donde está el misterio? Honestamente, no lo sé. Ni tan siquiera la confesión de Wat me resulta siempre creíble. Pero aquí me tienen, amorrado al pilón. 

Esta mañana me he topado en la página 390 con un nombre que no quiero olvidar: el de Jan Parandowski. Wat hace referencia a dos hermanas solteronas muy viejas que regentaban una biblioteca municipal y que "se comportaban como si no hubiera ocurrido nada, acudían cada día al trabajo ignorando al mundo. Como Parandowski en tiempos de Stalin.” Gracias a una nota a pie de página me entero de que "Jam Parandowski se encerró en casa, no leía la prensa ni escuchaba la radio, y, absorto en la traducción de autores clásicos, logró desentenderse de la realidad hasta tal punto que, cuando sus amigos le informaron sobre el famoso discurso de Kruschev que daba fin a la época estalinista, les preguntó: '¿Kruscink? ¿Quién es este señor?'” Poco más he logrado saber. Parandowski fue un helenista polaco que nació el 11 de mayo de 1895 y murió el 26 de septiembre de 1978. Pero en cierta manera, leyendo a Wat, me siento un poco como él. Que sirva pues este comentario como una vela encendida a los pies de los santos que protegen las cosas inútiles, porque son ellas las que de vez en cuando, incluso a horas intempestivas de una noche de invierno, nos permiten sentirnos libres, aunque, paradójicamente, estemos encadenados a la lectura.  

7 comentarios:

  1. Es un grandísimo libro. Me impresiona mucho ese Jan Parandowski, sí, un santo.

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  2. Pues parece que ese Parandowski fue la inspiración para el personaje de Milosz, el profesor Gil, en "El poder cambia de manos".

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  3. Juan, tienes razón. No había caído en ello, pero una reflexión de Gil lo deja muy claro: "Al hombre le sobran medios de lograr la calma. Se fija una tarea y mientras la realiza comprende que es una tarea insignificante perdida en la multitud de preocupaciones y esfuerzos humanos. Pero cuando su pluma queda parada en el aire esperando resolver un problema de interpretación o de sintaxis, todos los que alguna vez se han servido del pensamiento y del lenguaje a través de los siglos, se hallan junto a este hombre, el cual nota inconscientemente esa estimulante presencia”.
    Muchas gracias.

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    1. De esa sí que se puede decir que es una "comunidad" o cofradía, 2ª acepción...

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  4. Además Gil sobrevive traduciendo a autores clásicos.

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  5. En el inicio: "El profesor Gil se preguntaba cuánto tardaría aún en terminar el capítulo en que trabajaba; y también le hubiera gustado saber si su esfuerzo tenía algún sentido. Sin embargo, sabía que no merecía la pena pensar mucho en ello: las hojas suspendidas en la pared, en las cuales había apuntado la ración de trabajo correspondiente a cada día, eran para él la mejor disciplina, un refugio, una necesidad o quizá una esperanza".

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  6. Es un libro maravilloso. Y el hecho de que uno no espere algo así cuando empieza a leerlo, hace que sea todavía más maravilloso. Recuerdo la parte de la Lubjianka, geniales...

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