miércoles, 21 de junio de 2017

El que avisa no es traidor

Ayer, a eso de las 6 de la tarde, en el Paseo de San Juan de Barcelona, un poco más arriba del Arco del Triunfo. Dos niños de unos 5 años están uno frente a otro, de cuclillas, jugando a la sombra de un plátano. Se dedican a recoger del suelo las cortezas crujientes que el sufrido árbol se acaba de quitar de encima, desembarazándose de todo cuanto le dificulte resistir este calor sin matices. Cuando han acumulado un montoncito, se entretienen haciéndolas añicos con los dedos. El cric-crac es limpio, nítido. De repente uno de los dos coge una piedra del suelo y le dice al otro: "Yo tengo mucha puntería", y se la tira, dándole en la cabeza. El agredido lo mira perplejo, quejándose. Sin duda le tiene que doler el golpe inesperado. "Ya te he dicho que tengo mucha puntería", se justifica el agresor. El agredido asiente con la cabeza. Todo está en orden. Siguen jugando a desmenuzar cortezas de plátano. El que ha recibido la pedrada se lleva de vez en cuando una mano a la cabeza. Yo sigo mi camino tomando mentalmente nota de lo que acabo de ver.

Esta tarde en el Ateneu


He participado esta tarde en el Ateneu en una mesa redonda en defensa del humanismo. Mi intervención ha seguido este esquema:

1. La invasión vertical de los bárbaros.
2. El humanismo continúa siendo posible. Aún somos contemporáneos de Sócrates.
3. Además de posible, es indispensable. Para conocer las cosas humanas, las ciencias sociales despistan.

Entre otras cosas he dicho que los humanistas, y sólo los humanistas, disponemos de buenos argumentos para defender que no somos nuestro cerebro y, además, que tenemos alma. Los no humanistas, por supuesto, que se reduzcan, si lo desean, a su cerebro y, si se les antoja tener un yo en lugar de un alma, que lo tengan. ¡Allá ellos! 

Carmen Brufau, de nuevo