domingo, 23 de abril de 2017

El alumno incompetente

Si nos tomamos en serio las competencias, cuanto más valor otorguemos al saber hacer, más nítidamente se nos pondrá de manifiesto lo que Sennett llama el “fantasma de la inutilidad”, es decir, el alumno incompetente. 

La escuela del saber podía suspender a un alumno por un conocimiento deficiente en matemáticas, sin por eso suponer la incompetencia del alumno para desenvolverse en la vida.

La escuela del saber cómo, a pesar de que asegura que no quiere que ningún alumno se quede atrás, les está diciendo a los que no adquieren las competencias mínimas que lo tendrán realmente chungo en la vida.

La escuela del saber pretendía ofrecerle al alumno ciencia, es decir, un orden en sus conocimientos (la ciencia, al fin y al cabo, es el conocimiento organizado) y para ello necesitaba de la teoría y de las asignaturas.

La escuela del saber cómo pretende ofrecerle al alumno sabiduría, es decir, una organización de su vida (la sabiduría no es otra cosa que la vida organizada) y para ello cree poder prescindir de la teoría y de las asignaturas.

La escuela del saber sabía que ella no era la vida, que un alumno pasa en la escuela en torno a un 12% de su tiempo en primaria y un 15% en secundaria; que aprendemos a vivir la vida viviéndola en diferentes ámbitos (el de hijo, el de nieto, el de hermano, el de amigo, el de vecino, el de alumno...) y que en cada uno de ellos aprendemos algo relevante precisamente porque vivimos de una manera específica nuestra relación con nosotros mismos y con los otros. Se podía fracasar en la escuela sin por ello fracasar en el resto de ámbitos en los que se movía el alumno.

La escuela del saber cómo se presenta orgullosamente como la educación para la vida y, por lo tanto, fracasar en ella viene a ser una condena a muerte... mejor dicho: vendría a serlo si la escuela del saber cómo no se viera obligada, para no ponerse en ridículo a sí misma, a bajar continuamente el listón de las competencias mínimas. 




sábado, 22 de abril de 2017

El saber no competencial

Emil Cioran (1911-1995) escribe en Écartèlement:  "Mientras preparaban la cicuta, Sócrates estaba aprendiendo a tocar una canción con la flauta. "¿Para qué te servirá esto?", le preguntaron. "Para saber tocar esta canción antes de morir." Si me atrevo a recordar esta respuesta, tan trivializada por los manuales, es porque me parece que muestra la única justificación seria de cualquier deseo de conocer, tanto se produzca en el umbral de la muerte o en cualquier otro momento".

Esta justificación seria es exactamente lo que el actual discurso de las competencias nos oculta. Las competencias ignoran el valor de lo no competencial y, por lo tanto, ignoran que el deseo de saber por el saber es el principal atributo del hombre libre. Es fácil percatarse de que este deseo ha desaparecido -ha sido esterilizado- cuando un alumno levanta la mano para preguntar "¿Para qué sirve esto?", refiriéndose a cualquier conocimiento que el profesor intente hacer visible ante los ojos de su inteligencia. Es posible, incluso, que la mayoría de nuestros alumnos, estimulados a aprender a aprender, sea incapaz de entender el significado del saber por el saber, pero si en una clase hay un alumno, sólo uno, que sea sensible al valor del saber no instrumental, deberíamos preservarle esta sensibilidad como un tesoro, porque significa que en clase tenemos un potencial hombre libre.

La teoría de las competencias ve al hombre exclusivamente como "homo habilis" o como "homo faber", es decir, como el animal tecnológicamente más desarrollado (las competencias son tecnologías intelectuales). Pero sólo si lo observamos desde su capacidad para la teoría (para la contemplación o el disfrute gratuito de lo que ve o hace), estaremos en condiciones de comprender su singularidad.

Se mire como se mire, la teoría de las competencias prioriza -cuando no absolutiza- el "know how" sobre el "know that", lo cual estaría muy bien si todo aprendizaje fuera similar al requerido para andar en bici. Pero no lo es.

Vaya usted por los centros educativos y pregunte cuántos de los que hacen programaciones por competencias consideran que el “knowledge-that”, es decir, el mero conocimiento proposicional es relevante.

viernes, 21 de abril de 2017

La socialización de la inteligencia

En uno de los capítulos de El huerto de Epicteto (1906) cuenta Antonio Zozaya su utopía. Se trata de un futuro en el que la inteligencia y, sobe todo, el arte y el genio, habrán sido socializados, de manera que ya no habrá escritores famosos porque todo el mundo será un gran escritor. "No habrá Homeros", dice, "ni Apeles ni Fidias". "No habrá grandes estatuas, ni lienzos, ni en los nuevos cantos geórgicos sonará rumor fresco de manantiales y crujido de ondulantes espigas; cada cual será artista de su propio vivir, y el universo entero se llamará pinacoteca". En ese mundo serán "imposibles los Sócrates".


Al superhombre le corresponderá la superhembra y "el gusto, la gracia, la majestad del coro hará imposibles las protagonistas memorables, Frinés y Aspasias, Medeas y Andrómacas".

Me ha divertido la lectura de esta idea pero, tras leerla, me he dado cuenta de que, en cierta manera, este es el sueño nunca explicitado, pero no por ello menos real, de la nueva pedagogía: socializar el arte y el genio mediante la difusión de la buena nueva de que cada uno -cada uno de los seres humanos que poblamos el mundo- tiene su propia vía hacia la excelencia y que, por o tanto, todos podemos ser excelentes. Quizás nuestras excelencias sean distintas, de acuerdo con nuestra específica inteligencia, pero ninguna será superior a la otra. Todos seremos iguales porque seremos igualmente diferentes.

Maeztu, en 1910

El 7 de diciembre de 1910, cuando se consideraba liberal, Ramiro de Maeztu leyó una conferencia en el Ateneo de Madrid de la que extraigo esta joya: "Ya no hay para nosotros más camino que el de estudiar, primero, y el de enseñar, después; el de enseñar hasta que una vida de trabajo sea más entretenida que una vida de ocio y de murmuración. Y como el camino es infinito, no tenemos derecho, ni a dejar que nos canse la resistencia ajena, ni a cansarnos nosotros". 

Permítanme un pensamiento cínico

"La naturaleza es justa: si te acorta una pierna, te alarga la otra"

-  Wilhelm Szilasi.

miércoles, 19 de abril de 2017

A Father's Final Odyssey


Una de las ventajas que me ha traído la edad es la autorización incondicional para leer lo que se me antoje y cuando se me antoje, incluyendo el permiso para abandonar el libro que tengo entre las manos si veo que no hace nada por retenerme a su lado, porque hace tiempo que renuncié a pretender estar a la última. Así que ya no me sorprendo si de Maistre (Sobre la soberanía popular, Ensayo sobre el principio generador de las constituciones políticas) me parece que explica mucho mejor las claves del presente que Zygmunt Bauman (su Retrotopía se me caía continuamente de las manos por su abuso de los tópicos de la corrección política) o si llego a la conclusión de que El villano del Danubio de Fray Antonio de Guevara -consejero de Carlos I, quien por cierto, leyó con suma atención el manuscrito- es la primera exposición de la imagen del buen salvaje. Creo, incluso, que debemos hablar, sin complejos de la Ilustración española del siglo XVI. La suerte ha querido que coincida esta edad mía en la que duermo poco, apenas ojeo la prensa y casi no veo televisión, con la fortuna de Internet y sus caladeros de maravillas. Esta mañana he encontrado esta joya en The New Yorker que me permite comprobar, de nuevo, la actualidad de los clásicos:

By Daniel Mendelsohn

El alumno incompetente

Si nos tomamos en serio las competencias, cuanto más valor otorguemos al saber hacer, más nítidamente se nos pondrá de manifiesto lo que Se...