sábado, 25 de marzo de 2017

La Hora de todos

Cómo me he divertido con La Hora de todos, de Quevedo, a quien la edad me va haciendo frecuentar cada vez con más asiduidad. Él, la verdad, no sólo se deja querer sino que no tarda nada en soltarte alguna confidencia, de manera que pasa muy pronto de conocido a cómplice y nunca defrauda. Estas son las penúltimas palabras de esta obra: "Venus aullando de dedos con castañetones de chasquido, se desgobernó en un rastreado, salpicando de cosquillas con sus bullicios los corazones de los dioses. Tal cizaña derramó en todos el baile, que parecían azogados. Júpiter, que, atendiendo a la travesura de la diosa, se le caía la baba, dijo:
- ¡Esto es despedir a Ganímedes, y no reprehensiones!"

Fidel Castro murió derrotado

Tania Díaz Castro me envía otro de los artículos que publica en Cubanet. Como muchos de vosotros me habéis preguntado quién es Tania, aquí os dejo esta entrevista con ella:



Este es su escrito:

Como ningún familiar de Fidel Castro ha tenido la gentileza de comunicarle al pueblo cubano de qué murió el dictador invicto aquel 25 de noviembre del pasado año, ni siquiera Raúl, el sucesor dinástico, las conjeturas  y especulaciones son tantas, que no hay por dónde empezar. 

El escritor cubano Norberto Fuentes dijo desde su exilio que había muerto de una neumonía, de la que nunca quiso tratarse. 

Otras hipótesis de la prensa extranjera, alegan que Fidel había muerto de un infarto, de un fulminante paro cardíaco, o de un paro respiratorio. 

Hasta en Santa Fe, comunidad costera de La Habana donde vivo y donde además viven jardineros y dos de sus degustadores más conocidos, se señalan otras causas. 

Clemente Flores, el más viejo de los degustadores, hoy convertido en alcohólico, quien por su estado calamitoso desde el punto de vista mental no he querido nunca entrevistar para que me cuente sus recuerdos, piensa que fue a consecuencia de una espina de pescado que lo ahogó. Y Orlando, el otro, sostiene que murió atragantado con algún alimento. 

El pasado 25 de marzo se cumplieron cuatro meses de la muerte del omnímodo líder guerrillero y las suposiciones sobre su muerte pululan por las calles, como el marabú por los campos.

Pero la verdad es que murió al fin. No importa si alrededor de las seis de la tarde de aquel viernes 25, o a las 10 y 29 minutos de la misma noche. 

Para el caso da igual.

Minutos después, Raúl dio la noticia en una alocución pública. Como se esperaba desde hacía diez años, salió en la primera plana de cada uno de los periódicos oficialistas cubanos y en gran parte del planeta, como realmente algo fuera de lo común y noticia espectacular.

Porque señores, en un mundo donde apenas quedan tres o cuatro  dictadores totalitarios, el hecho de que se haya muerto quien rompió el récord de mayor permanencia en el poder -más de medio siglo- se convierte en la gran noticia del año, aunque la causa de muerte se desconozca.

Ahora bien, a mí que me gusta ir al fondo de cualquier dilema histórico, se me ha ocurrido pensar que el occiso pudo haberse ido del aire producto de un infarto, como se ha dicho y que como todo infarto, siempre es por un disgusto.

Me baso, sencillamente, en un hecho que me sugirió el periódico Granma, no precisamente la Mesa Redonda -espacio televisivo que no me pierdo ni un día porque me confirma cada vez más que la Revolución de Fidel también se fue a bolina-, cuando calificó al Premio Nobel de la Paz como ¨polémico por sus intereses políticos de fondo¨, en las figuras de Kissinger, Shimon Pérez y Barack Obama, justamente cuando Juan Manuel Santos es proclamado Premio Nobel de la Paz 2016. 

Ni siquiera Granma evitó la inmodestia de expresar que el Premio lo merecía Fidel, en vez del presidente colombiano. Es evidente que sabe cuánto tiempo esperó el dictador cubano por ese Premio y lamenta que sea Santos, por sus ¨decididos esfuerzos en llevar la paz a su país¨, quien lo haya merecido y que expresara, al recibirlo, que lo veía como ¨un regalo del cielo¨. 

La pregunta final no se hace esperar: 

Viéndose cerca de la muerte, ¿no cabe pensar que el pobre monarca cubano esperaba recibir ese premio, compuesto de una gran suma de dólares, una medalla de oro colombiano y un reconocimiento internacional, por su aporte a la desmovilización de las guerrillas colombianas, aunque ayudó a fomentarlas? 

¿No cabe pensar que el disgusto al verse derrotado por Santos pudo haberle partido el corazón, conformándose con el Premio Lenin de la Paz, recibido en 1961, que para colmo de males, desapareció del mapa hace 27 años, junto con el socialismo soviético?

Fidel murió derrotado, cuando vio que no se merecía ese regalo del cielo. 

Artículo relacionado:  "Premios que vale la pena recordar", por Sergio Alejandro Gómez, Granma, 21 de marzo, 2017.

jueves, 23 de marzo de 2017

Sevilla


Hay cosas, amigos, que no se olvidan. Dejan una huella que se mantiene siempre fresca. Este será, seguro, el caso de mi defensa del deber moral de ser inteligente en el salón de grados de la facultad de derecho de la Universidad de Sevilla, con la introducción del decano, Alfonso Castro, y la presentación de Javier Sánchez Menéndez, poeta y amigo. Concluí con estas palabras: "En 1622, estando Grocio en París, fue parado un día en la calle por un desconocido que le preguntó cómo podía convertirse en alumno de Grocio. Éste, calmadamente, le respondió 'Lege veteres, sperne recentiores, et eris noster'. Es decir: 'Lee a los ancianos, ignora a los modernos y serás de los nuestros'. Yo, como respeto mucho a los grandes modernos, os diría: 'Leed a los mejores y podréis ganaros el derecho de sentaros a sus pies'."

En las primeras filas estaban varios profesores de la facultad y Enrique García Vargas, que tuvo la gentileza de asistir, además, acompañado de otro sabio, Genaro Chic.  Espero, Enrique, que tengamos la oportunidad de vernos algún día despacio. He cargado con tus regalos toda la mañana.


Disponía de poco tiempo, pero estando mi hotel cerca del Parque de María Luisa, era inevitable caer gozosamente en la tentación de un largo paseo (On human nature de Roger Scruton en el bolsillo de la americana, sin abrir). He dejado para esta mañana una nueva visita al Museo Arqueológico. Esta vez me he detenido en los ídolos antropomorfos del III milenio a.C.





Y en las estelas de los siglos X al VII a.C.


Y, por supuesto, he visitado la nueva instalación del siempre sorprendente tesoro de El Carambolo.


Para despedirme de la ciudad, he navegado hasta La Isla de Siltolá, en busca de los signos geométricos que adornan la arena de sus playas. He salido con don Manuel Azaña bajo el brazo.


Ahora cuando escribo esto, echo la vista a las horas pasadas en Sevilla y me doy cuenta de que lo que verdaderamente me ha impresionado en este viaje ha sido el alumnado presente en la charla. Eran muchos y no se oyó ni una tos a lo largo de mi intervención. Notaba que estaban pendientes de cada palabra que decía y que eran jueces severos de cada una, que es como tiene que ser. Me atreví a defenderles la clase magistral. Más aún: me atreví a decirles que una buena clase magistral es una de las mejores maneras de aprender a pensar. Les hablé, sin piedad, de Concepción Arenal, de Balmes, de Luis Vives, de Daniel Bell, de Jacob Klein, de Sócrates, de Proust, de Plutarco, de Rosenzweig, de Derrida, Maquiavelo, Hiparco de Nicea, Andrés Fernández de Andrada, Juan de Zabaleta, Bernardo de Chartres, Teresa de Jesús, Baudrillard, William James... y del "denken ist danken" de Heidegger. ¿Y saben qué? ¡Al salir me dieron las gracias!

El deber moral de ser inteligente

En El Subjetivo

Europa